viernes, 25 de marzo de 2011

La isla de los cazadores de pájaros

Un culebrón. Un culebrón enmarcado en una trama policiaca, pero un culebrón, al fin y al cabo, es lo que me ha deparado la lectura de La isla de los cazadores de pájaros, de Peter May. Según la contraportada, la cosa promete: "La investigación del macabro asesinato de un antiguo compañero de clase obliga al detective Fin Macleod a regresar al lugar donde nació y al que esperaba no tener que volver nunca: la isla de Lewis, al oeste de Escocia. Los agrestes paisajes de la isla y el opresivo ambiente de la comunidad dibujan el escenario de un caso marcado por la envidia, los amores frustrados, las tradiciones más cruentas y los recuerdos olvidados. Pasado y presente se entrelazan en una intriga soberbia firmada por Peter May, un autor que se revela como un maestro de la de novela negra".
El problema no radica en los personajes, bien creados y perfilados, ni en una historia con sus clichés ya mil veces vista y leída, ni en la estupendísima recreación de una isla que simboliza más de lo que aparenta (sin duda, lo mejor de la novela), sino en que se vende como una historia policiaca, cuando de lo que se trata es de un personaje que debe enfrentarse a un pasado mucho más oscuro de lo que podría preveer - el protagonista, porque el lector debe aceptar la enrevesada realidad como un dogma, sin poder hacer un salto de fe. Si luego quedan cosas en el tintero o parte de la trama carece de sentido (sin desvelar nada, sólo decir que los motivos que llevan al asesino a actuar son endebles, demasiado retorcidos), se pasa de un narrador omnisciente al narrador subjetivo sin motivo, y todo se resuelve con una facilidad pasmosa, tampoco hay que preocuparse: con que el lector recuerde el párrafo final, que representa el sentir general de La isla..., es más que suficiente. Mi primera decepción literaria del año, aunque haya gente a quién le haya gustado. Ahora le toca el turno al gran Stuart Mcbride y su última novela, Shatter the bones.

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