lunes, 27 de septiembre de 2010

En el tren, hoy

El trayecto en tren a casa de apenas 23 minutos suele permitir que me zambulla en la lectura y que olvide el trajín del trabajo, lo que es muy de agradecer. Aunque hay días como hoy, en los que a dos paradas de casa se han sentado dos "chonis" o "ninis" (con perdón de las palabras) a mi lado, han encendido la música del móvil, y entre tarareo y canto, se han chillado perlas como "mi padre es un hijo de puta, pero me hace reír", o "ya ves, prima, es una guarra, cuando la vea se lo digo". Y digo chillar porque, por ejemplo, We don't speak americano les impedía compartir confidencias en voz baja. Después de cerrar el libro he suspirado profundamente preguntándome si debía pedirles que apagaran la música, levantarme no era una opción. Pero, ¿para qué? Sólo faltaban 10 minutos para mi final de trayecto y, para evitar males mayores, no fuera el caso que el maleducado fuera yo, por aquello de impedir que se expresen (cuánto daño han hecho las teorías educativas liberales de los años 70), he preferido intentar abstraerme de cualquier forma. Casi sin darme cuenta hemos llegado a la estación, donde también parece que aquello de "dejen salir antes de entrar" ha pasado a mejor vida: será porque en el tren sólo te avisan del escalón. Nada, sólo queda dejarse caer y esperar que la gente se aparte. Eso suele funcionar.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Breve comentario sobre Flaubert's parrot

En el capítulo seis de Flaubert's parrot, que considero la mejor de las novelas de Julian Barnes que he leído hasta el momento (después de Una historia del mundo en diez capítulos y medio, Talking it over, Love, etc y Before she met me - todas excelentes, casi imprescindibles), el narrador aprovecha algo más que un desliz de un crítico literario para comentar algunos errores que se encuentran en lo que se denominaría "clásicos". Toma como ejemplo el poema The charge of the light brigade, de Lord Tennyson, y Lord of the flies, de William Golding. Como estudié la novela de Golding en el colegio, no pude evitar acordarme de mi profesor de literatura, el sr. Koch, al leer las siguientes líneas:

"In the famous scene where Piggy's spectacles are used for the rediscovery of fire, William Golding got his optics wrong. Completley back to front, in fact. Piggy is short-sighted; and the spectacles he would have been prescribed for this condition could not possibly have been used as burning glasses. Whichever way you hold them, they would have been quite unable to make the rays of the sun converge".

Dejando de lado que este error no influye en el devenir de la historia (Julian Barnes lo define como "external mistakes, (...) often they merely indicate a lack of specific technical knowledge on the writer's part. The sin is pardonable"), ni que por este motivo deba plantearme una relectura del clásico de Golding, sí que mantiene mi idea de no verificar, de entrada, la veracidad de los textos de ficción. Hasta cierto punto, claro; una cosa es equivocarse, otra reformular los hechos históricos como lo hacen Katherine Neville o Matilde Asensi, por ejemplo: entonces es cuando pienso que estos "detalles" deberían avisarse en la portada para evitar confusiones o que se suspendas exámenes de historia en el colegio. Prefiero que prime la ficción, entreteniéndome y haciéndome olvidar la vida cotidiana. Si, además, como en el caso de Flaubert's parrot, consigue hacerme reír, reflexionar y disfrutar con una historia que combina novela con crítica literaria ("bisturí filológico", así lo llamaba una amiga de la facultad) sin un ápice de aburriento, y habiendo leído sólo una de las obras del escritor francés (La educación sentimental, bajo el influjo de teoría literaria de Nora Catelli), no me queda otra que ralentizar su lectura, intentando disfrutar con cada una de sus páginas.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Lo nuevo de Stuart Macbride

Via Amazon he visto que ya se puede reservar la nueva novela de Stuart Macbride, autor desconocido por aquí y que, sin duda, merece un reconocimiento mucho mayor. Lamentablemente, hasta el momento sólo se ha editado en nuestro país Cold granite con el erróneo título de El coleccionista de niños. A lo que iba: ésta es la sinopsis de lo nuevo de Macbride, Shatter the bones: "You will raise money for the safe return of Alison and Jenny McGregor. If you raise enough money within fourteen days they will be released. If not, Jenny will be killed.' Alison and Jenny McGregor – Aberdeen's own mother-daughter singing sensation – are through to the semi-finals of TV smash-hit Britain's Next Big Star. They're in all the gossip magazines, they've got millions of YouTube hits, everyone loves them. But their reality-TV dream has turned into a real-life nightmare. The ransom demand appears in all the papers, on the TV, and the internet, telling the nation to dig deep if they want to keep Alison and Jenny alive. The media want action; the public displays of grief and anger are reaching fever-pitch. Time is running out, but DS Logan McRae and his colleagues have nothing to go on: the kidnappers haven't left a single piece of forensic evidence. The investigation is going nowhere. It looks as if the price of fame just got a lot higher…". Ahora sólo queda esperar hasta enero del año que viene. Via Amazon, claro. Tiempo de sobra para leer El invierno de los leones, de Jan Costin Wagner, Flaubert's parrot, de Julian Barnes, o lo nuevo de Philip Kerr o Paul Auster, por ejemplo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Croacia en barco

Una semana en Croacia, visitando algunas de sus ciudades más emblemáticas y turísticas, no es suficiente para conocer un país que sorprende por su pureza y sus ganas de agradar, entre otras muchas cosas. Queda claro que sólo vimos la parte más turística, que aquellas zonas, tirando hacia el interior, más pobres y más afectadas por una guerra que sigue muy latente y que aparece en carteles publicitarios o camisetas, no suele mostrarse en los recorridos ofertados por las agencias de viajes. Aún así, Croacia merece ser estudiada con más detenimiento y ser visitada con bastante más calma que en tan sólo siete días.

M y yo decidimos regalarnos unas vacaciones en la que nuestra máxima preocupación debía ser el cambio de moneda: por este motivo nos decantamos por Transrutas y su Croacia en barco, que combina los paseos marítimos (durmiendo siempre en tierra, no se trata de un crucero) con traslados en autobús. Como es imposible resumir una semana de experiencias y sensaciones en unas pocas líneas, lo haré de forma esquemática.

Las ciudades o poblaciones: en siete días visitamos Pula, Rijeka, la isla de Krk, Rab, Zadar, Sibenik, Skradin, el Parque Nacional de Krka, Trogir, Split y Dubrovnik (y seguro que me dejo algo). Me quedo con la tranquilidad que emana Rab; con el órgano marítimo y el Monumento al Sol de Zadar; con la impresionante catedral de Sibenik, hecha de piedra caliza y mármol, y su baptisterio; con el casco antiguo de Trogir (y eso que ha sido inundada por terrazas y tiendas de souvenirs); y, no podía ser de otra manera, con la ciudad de Dubronivk, por sus murallas y sus callejuelas, aunque supongo que, algo fuera de temporada, la cosa mejoraría bastante, con la invasión turística que sufren sus calles en algunos momentos tuve la sensación de estar en el Disneyland de las ciudades antiguas. Y me quedé con las ganas de ver y fotografiarme con el monumento a James Joyce en Pula, la lluvia y un brusco descenso de las temperaturas nos obligaron a buscar cobijo en el autobús antes de tiempo.

Punto y aparte merecen las puestas de sol: M lo definió como "parece que este país este hecho para ver caer la tarde": no nos cansamos de fotografiarla. En Zadar, además, se recuerda que Alfred Hitchcock dijera que la más hermosa puesta de sol podía verse desde donde está ubicado el órgano marítimo.

Los hoteles no pasaron de ser correctos, en la que ninguno de los cuatro puede ser considerado como notable. Por ejemplo, en Rijeka el buffet del Hotel Neboder era escaso y el ruido de la calle se filtraba con demasiada facilidad por la ventanas. En el Hotel Porto de Zadar pudimos oír las conversaciones de la habitación vecina, mientras que en Hotel Panorama de Sibenik el menú propuesto dejó que desear, además de "torturarnos" con una de esas cantantes que imitan en forma y estilo a Celine Dion. En Dubrovnik (bueno, en realidad está en Cavtat, a excepción del Neboder ninguno de los hoteles está cerca de las ciudades que se visitan) el Hotel Iberostar Epidaurus, una especie de "resort light" con mil y una opciones de ocio para los visitantes, merece una mención especial. Se come bastante bien (buffet libre abundante y variado, en el que, por ejemplo, la verdura y las hortalizas son de buena calidad - la fruta no tanto), tiene piscina y salida directa al mar Adriático (aunque no hay arena, de eso apenas hay en Croacia). Lo malo es que es un hotel formado por varios edificios: así, por ejemplo, el edificio "D" tiene ascensor, pero no llega hasta la última planta, mientras que en el "E" no hay otra opción que ejercer los músculos, ya que no hay ascensor ni mozo que ayude a subir las maletas. Por cierto, que el ascensor del edificio "D" se estropeó al día siguiente de llegar nuestro grupo.

Los trayectos en barco en el Viking y con su amable tripulación estuvieron bien: tuvimos suerte con el buen tiempo y la comida, que fue mejorando día tras día. Que hubiera barra libre, sin incluir cócteles y combinados, también ayudó bastante a disfrutar las magníficas visitas que ofrece la costa croata. Por otro lado, el autobús, algo antiguo y donde solíamos escuchar música pop crotada (o eso parecía), se nos hizo largo, sobre todo en el trayecto de Split a Dubrovnik, de casi cuatro horas de duración. Suerte que éramos pocos en el grupo y que pudimos redistribuirnos como quisimos por el autobús.

Para finalizar, mención aparte merece nuestra guía, Helena: muy profesional, resolvió dudas e informó con solvencia sobre todas las ciudades que visitamos, ayudó en lo que hizo falta y además profesño un sentido del humor bastante fino e irónico. Se ganó su propina a pulso.

¿Repetiremos Croacia? Indudablemente, sí: queda mucho por ver, no es un país que deje indiferente. ¿Repetiremos con Transrutas? De entrada, no podemos decir que hayamos quedado insatisfechos.